“Me identifico como un zorro. Nunca entré en los estereotipos humanos, nunca me identifiqué al cien por ciento con ellos. Uno de mis amigos se identifica como un coyote y otro como un lobo. Salimos con mi manada, vamos a lugares de mi naturaleza y lo pasamos bien. A mi familia le dije que soy esto y que no lo puedo cambiar, porque no se puede cambiar lo que no se elige”, manifestó Lexi, adolescente argentino, en un informe televisivo.
En las redes, en las conversaciones del trabajo, en las charlas familiares y los encuentros entre amigos. Hace días que una palabra se repite sin parar: therian. Hay quienes se burlan, quienes sacan pecho y narran sus duras juventudes comparándolas despectivamente con los adolescentes enmascarados que corren en cuatro patas por parques y aúllan en entrevistas televisivas.
El fenómeno therian parece haber unido a ambos lados de la grieta. Por un lado la derecha vocifera que tuvo siempre razón sobre la autopercepción en relación al género y por el otro lado el progresismo no quiere defender a un sujeto que no entiende ni conoce. ¿De dónde surge esta comunidad que hoy ofusca y divierte a todo tipo de personas a nivel internacional? ¿Cuál es su origen? Si mi hijo se hizo therian, ¿puedo esperar a que sea solo una moda pasajera o me tengo que preocupar? ¿Debo llevarlo al psicólogo?
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Usenet es considerada como una de las primeras y más influyentes redes sociales. Consistía en un sistema descentralizado de foros que permitía discusiones temáticas globales, intercambio de archivos y construcción de comunidades virtuales. Popularizó términos que hoy se siguen utilizando, como “spam”. Se creó en 1979 en la Universidad de Duke, Carolina del Norte, por dos estudiantes. Primero empezó conectando a las computadoras de la casa de altos estudios y luego se volvió una red mundial. Era la etapa de internet previa al World Wide Web o lo que llamamos «triple w».
En Usenet había salas de chat para discutir sobre diferentes temas. Poco más de una década después, a comienzo de los 90, el foro de Usenet alt.horror.werewolves nació para hablar de ficción sobre hombres lobo. Aunque al principio AHWW era solo sobre ficción y horror, en noviembre de 1993 uno de los usuarios publicó algo diferente: no hablaba de historias ficticias, sino de experiencias personales, relatos de sueños intensos y sensaciones internas de sentirse como un animal, en ese caso un werebat (una especie de murciélago humano). El posteo del usuario conocido como Ron P empezó a conectar con otros testimonios que daban cuenta de experiencias similares y tiempo después formaron su propia comunidad.
En diciembre de 1994, un miembro llamado James Harrion III propuso el término «therianthropy» como una palabra más general para describir este fenómeno, y fue adoptada por la comunidad. El grupo siguió creciendo y, entre otras cosas, organizaron su primer encuentro presencial llamado Howl (aullido, por su traducción al español) en 1994, donde varios miembros se reunieron en Ohio. Esto ayudó a fortalecer la comunidad fuera del chat virtual y a convertir esa identidad en algo más que una serie de posts en un foro. Desde ese momento, la comunidad fue creciendo generando todo tipo de plataformas digitales y encuentros presenciales locales donde se cruza y se reconoce.
Desde la explosión de Tik Tok y los reels de Instagram, muchos therians adolescentes o jóvenes se volvieron virales por mostrarse en videos cortos haciendo “quadrobics”, es decir corretear, jugar y saltar en cuatro patas simulando el comportamiento de los animales con los que se identifican.
¿Qué piensa la psicología sobre la comunidad therian?
Desde el sentido común es esperable que se asocie con la patología mental el hecho de que una persona se identifique con un animal o en el mejor de los casos con una serie de dificultades de relacionamiento social o aislamiento. Según el consenso de psicólogos y psiquiatras, la comunidad therian no se origina a partir de ninguna patología o síntoma psicológico. Por otro lado, si bien según varios estudios demuestran que los therian manifiestan problemas de socialización o menores aptitudes sociales, ser parte de un grupo identitario los terminó ayudando.
En 2019, las investigadoras Helen Clegg, Roz Collings y Elizabeth Roxburgh publicaron en la revista Society & Animals uno de los primeros estudios numéricos dedicados a personas que se identifican como therians. Compararon a 112 therians con 265 personas que no se identificaban de ese modo, usando cuestionarios psicológicos habituales para medir bienestar, formas de retraimiento social, dificultad para sentir placer y el grado de autonomía personal.
El objetivo era entender cómo se relacionaban estos aspectos en ambos grupos. Los resultados mostraron que, en promedio, los therians reportaban mayores dificultades en lo social, algo que las autoras relacionan con el estigma o con experiencias interpersonales complejas. Pero el hallazgo más interesante fue otro.
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El estudio encontró que identificarse como therian parecía cambiar la manera en que ciertos rasgos de retraimiento impactaban en la sensación de independencia personal. En términos simples: algunas personas que tendían al aislamiento no mostraban necesariamente menor autonomía si se reconocían dentro de esta identidad. Para ellas, esa identificación funcionaba como una forma de organizar su experiencia y sostener una imagen coherente de sí mismas.
Las investigadoras no afirman que ser therian sea algo terapéutico ni problemático en sí mismo. Más bien señalan que puede actuar como un marco de sentido que ayuda a enfrentar tensiones sociales, aportando pertenencia y autodefinición. Aunque se trata de un trabajo exploratorio, resulta relevante porque invita a pensar estas identidades no como algo a patologizar, sino como formas en que algunas personas construyen significado y estabilidad personal.
¿Hay una sexualidad therian?
Ser therian no define una sexualidad propia, describe una identidad interna vinculada a sentirse, en algún nivel, no humano, pero no determina orientación ni prácticas sexuales. Un therian puede ser heterosexual, gay, bisexual o asexual, como cualquier otra persona.
La confusión suele surgir por la asociación externa entre lo animal y lo sexual o por mezclar esta identidad con subculturas como el furry fandom o la zoofilia, algo que la propia comunidad therian rechaza. Los estudios disponibles muestran que se trata de una cuestión de auto-percepción y pertenencia, no de erotismo.
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En gran parte del siglo XX, la identidad personal y colectiva se organizaba alrededor de instituciones relativamente estables, sobre todo el trabajo, que ofrecían pertenencia, continuidad y un lugar reconocible en el mundo social. Sin embargo, diversos autores contemporáneos coinciden en que ese esquema se ha debilitado. El sociólogo Zygmunt Bauman describió este pasaje como una “modernidad líquida”: un escenario donde los vínculos y las trayectorias laborales se vuelven inestables, y con ellos también las identidades que antes parecían sólidas.
En paralelo, Anthony Giddens planteó que el yo moderno se transforma en un proyecto reflexivo: ya no se hereda una identidad, sino que se construye activamente a partir de elecciones, relatos y pertenencias.
Más recientemente, pensadores como Andreas Reckwitz señalan que vivimos en una “sociedad de las singularidades”, donde las personas buscan diferenciarse y dotar de sentido a su experiencia a través de formas culturales, estéticas y simbólicas. En lugar de identificarse principalmente por su función productiva, muchos sujetos organizan su identidad alrededor de consumos, comunidades digitales, afinidades musicales, territoriales o subculturales. Michel Maffesoli describe este fenómeno como el surgimiento de “tribus” contemporáneas: agrupamientos afectivos que no dependen de estructuras rígidas, sino de reconocimientos compartidos.
En ese marco puede leerse la identidad therian. No reemplaza las categorías tradicionales, pero funciona como un lenguaje simbólico que permite a ciertas personas narrar experiencias internas, construir pertenencia y sostener una imagen coherente de sí mismas. Más que una rareza aislada, la therianidad expresa una lógica cultural más amplia: en un mundo donde los grandes organizadores colectivos pierden peso, emergen formas electivas de identidad que ofrecen comunidad, sentido y autoexpresión.
Así, el fenómeno therian no aparece como ruptura total con lo social, sino como una manifestación contemporánea de cómo se reconfigura la identificación en la era digital: menos heredada, más narrada; menos institucional, más simbólica; menos fija, más experimental. El fenómeno está sobrerrepresentado en la discusión pública. Si bien es una comunidad en crecimiento, no representa un grupo humano tan grande para generar la reacción que provoca. Miles de usuarios en internet y todo tipo de personas enojadas con jóvenes y adultos que se reconocen como animales.
Hay una suerte de sensación de que hay algo que se perdió, algo que era mejor antes y que ya no volverá. Pero gran parte de los individuos que están en internet quejándose de los therians provienen del momento de quiebre histórico en el que las identidades dejaron de ordenarse a partir de las instituciones estables. Es decir, muchos de quienes se burlan de un joven que usa máscara y corre por la marca, era punk, flogger o rolinga en su adolescencia. Existe una suerte de nostalgia de algo que en realidad nunca se vivió.
Además, hay evidentemente una necesidad de encontrar un chivo emisario para volcar las frustraciones de un presente que en muchos momentos es decepcionante y un futuro que para muchos no promete mejoras. Los therians no tienen nada que ver, no le hacen mal a nadie y tampoco son tantos.
MRG/ff
